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Un 28 de julio con resoluciones de Año Nuevo

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Autor: Adanai Marquez

Recuerdo estar sentada en una silla de metal frío (esas que parece que el mínimo exceso de peso las puede doblegar) en la cafetería de mi universidad cuyo olor jamás olvidaré (por lo particular no por lo delicioso) y estar conversando con un amigo sobre “viajar y conocer”. Creo que era la cuarta o quinta vez que él regresaba de Brasil y sinceramente, yo muy en el fondo pensaba en el desperdicio de energía y recursos que significa devolverse tantas veces a un lugar como turista. Es decir, si no tienes familia y vas por quinta vez a recorrer los mismos lugares, me sonaba descabellado considerando que me queda tanto mundo por recorrer. Sin embargo fueron sus palabras, sin afán de ser explicativas, las que cambiarían mi manera de ver las cosas. El dijo “no conoces un lugar por haberlo pisado. Me da risa la gente que cree que puede decir que estuvo en un lugar porque físicamente su cuerpo lo hizo. Por el contrario, una vez que lo visitas te haces consciente de lo mucha que te falta por recorrerlo”. Pum, fue suficiente. Yo entendí sus palabras, yo sabía a qué se refería y a diferencia de otras personas con las que también he compartido esto, para mí fue instantáneo. Ya no volví a viajar de la misma manera.

Este mes de julio visité por segunda vez el distrito de Paucartambo para sus festividades. Esta se ha convertido en mi favorita por lo participativa que es. Me encanta la puesta en escena tan interactiva que sus calles proponen. Ya que todo ocurre en la plaza de armas, no queda de otra más que incluir a los viajeros dado que el espacio es reducido y además la historia y alegorías se prestan para hacer de todo una fiesta comunitaria. Recuerdo llegar con todo nuestro equipo. Debo ser sincera y confesar que cuando realmente alcanzas todo un arsenal de equipamiento de acampada y treking especializado la vida no es tan agreste como pareciera. El frío no es tan frío, el piso no es tan duro y las comodidades se vuelven más relativas. Pero en fin, no estábamos en nuestro medio ambiente citadino de siempre. Aún así mi manera de viajar no me había inyectado de la realidad que es estar en un pueblo con limitaciones. Hasta que llegó ella con su canto. Me preguntó en su vocecita si podía cantarme y a cambio de eso yo pagaría un precio simbólico; sin darme cuenta accedimos. Entre líneas esta mujer me estaba vendiendo su arte. Así tal cual pagamos por escuchar un cantante de voz sintética y sin personalidad, pero que en momentos como estos dudamos si estamos invirtiendo bien nuestro dinero. Comenzó a cantar y ahí me pasó, yo recién estaba saliendo de mi rutina, aún cuando ni la ropa que llevaba puesta formaba parte de mi diario vivir.

Ella, a quien me refiero líneas arriba es Juanita. Después de escucharla cantar le pedí una foto y ella entusiasta me pidió que se la enviara a su hijo (quien probablemente no tendría cómo verla). Nos contó que no tenía ni un retrato de ella misma y se maravillaba al verse reflejada en una pantalla. Se señalaba y decía “esa soy yo pues”. Como un pavo real que despliega sus plumas sin querer alardear de las mismas, ella comenzó a mostrar todas sus virtudes. Nos ofrecimos a imprimirle una foto para que la llevara de recuerdo y como estábamos en una ciudad pequeña en medio de su más grande fiesta, comprenderán que fue algo complicado. Pero yo, que ya había traído mi cuerpo consciente a una correcta forma de acercarme a mi realidad, no paraba de escucharla y de hacerle preguntas. Juanita emocionada me contaba sus historias y yo me sentía tonta queriendo intervenir con mis vivencias; las cuales las sentía tan insulsas, tan ausentes de vida y esfuerzo. En un momento le dijimos que nos gustaría invitarle algo de comer, cabe recalcar que Juanita no pedía nada, ni hacía insinuaciones de que le caería muy bien si la ayudábamos con dinero. Parecía estar cómoda simplemente conversando a pesar que la noche anterior la había pasado en el piso de una feria improvisada en medio de un terral y recuerdo haber pensando mientras ella probablemente yacía en el suelo: “hoy ha sido más frío, que bueno que traigo estos pantalones”. Fue entonces cuando la llevamos a comer que mi alma, mi mente y mi cuerpo finalmente aterrizaron sobre el mismo suelo. Antes de comer ella dijo “vamos a agradecerle a las montañas, tenemos que soplarles, así tienes que hacer mamita para dar gracias”. Seguidamente tomó el plato y dirigió hacia la puerta con soplidos, el vapor que la carne caliente y humeante iba botando. Mientras que en quechua, lo que alcanzaba a entender, susurraba amorosa “gracias papito”. Siguió esta ceremonia que para mí era maravillosa, cogiendo las papas con la mano y las llevaba bajo el mantel, al devolverlas estaban perfectamente peladas. Yo temerosa de que las cáscaras terminaran en el suelo de ese medianamente modesto restaurante, la miraba inquieta para luego sorprenderme que todas estaban en su palma y luego las devolvió a un lado del plato para luego proceder a tomar los cubiertos.

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Con total destreza Juanita cortaba la carne y comía con mayores modales que mucha gente que he visto. Pero en medio de mi deleite algo me enervaba y solo quise controlarme pero tal vez un segundo más me hubiera hecho sucumbir, si Juanita misma no hubiera esbozado tiernamente en quechua que la atiendan. Está claro que ella luce como alguien de campo. Solo para hacernos una idea, ese día de lluvia ella vestía un plástico amarrado al cuello que hacía un contraste evidente con mi casaca para la lluvia. Me di cuenta que la infusión de hierba que habíamos ordenado para mi adorable Juanita no llegaba, porque después de darse cuenta que el plato de comida era para ella y que nosotros no comeríamos, se priorizaban los pedidos de los demás comensales (que no se veían ni hablaban como Juanita). En medio de un pueblo con más personas como Juanita, ella no era la prioridad.

Juanita tomando flores para su foto

Que pena y qué rabia que cumpliendo 197 años de independencia de uno de los países más bellos de este planeta sigamos colonizados en la mente. La más profunda manera de invadir a alguien no es conquistando su entorno, sino domándolo desde adentro. Cuando te quitan tu idioma y te hacen hablar otro, cuando trastocan tus costumbres y te dicen que son las equivocadas, cuando miran a tu gente y te dicen que no lucen correctamente; pero todavía no alcanzamos el pico de lo enfermo, cuando nosotros mismos, entre nosotros mismos legitimizamos estas prácticas necesitamos reflexionar urgentemente.

Celebremos unas fiestas patrias diferentes, como si fueran resoluciones de año nuevo. Hagámonos realmente libres e independientes pero de nuestros prejuicios, de nuestros complejos. Miremos nuestra piel morena, mestiza como la bendición de melanina que eso significa. Amemos nuestra tierra como la basta fuente de provisiones que es. Viremos la mirada a nuestras ciudades y comprendamos que nadie nos puede decir que nuestro quechua no funciona porque “no es comercial”, que nuestros productos no son buenos “porque no son producidos en el extranjero”, que nuestra gente no es tan bella “porque no es tan alta ni tan blanca”. Si tú naciste peruano, naciste con carácter, con historias vivas de tu gente que no se rinde, no seremos grandes monumentos que se derrumban pero sí somos una rica tierra que no perece. VIVA EL PERU CARAJO.

Hasta el próximo post BestWay Traveler!

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